Entre Icaro y los Gallinazos

 

Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha mirado al cielo no solo para ver las estrellas y encontrar en ellas razones de su existencia y su comportamiento, sino que además, siempre ha querido copiarle a las aves su fantástico poder de  surcar los aires, no solo con seguridad, sino donaire.

Los intentos por volar, reportados en la historia, son numerosos y las fábulas, leyendas y mitologías desde y antes de Icaro son también numerosas.

Por otro lado, todo ser humano una o varias veces ha experimentado en sueños la fantasía de volar; tras de algo, huyendo de algo o en compañía de algo.  No sé qué interpretación le de Freud a esto, pero lo cierto es que se ha dado y se da, aunque esto no sea un tema de conversación para nadie.

En mi caso, aparte de mis fantasías en sueños, que también las he tenido, he pasado buena parte de mi tiempo metido en el monte y he tenido la oportunidad de conocer y ver muchas aves que a lo mejor, muchos de ustedes no conocen; pero hay una que siempre he admirado y le he dedicado muchos momentos a admirar su vuelo y también a envidiarlo.  Se trata del común y hasta despreciable gallinazo, zopilote, samuro, gallote, noneca y una larga etcétera.

Ese surcar impecable de los cielos, gastando apenas energía en su vuelo, ya que está dotado de una inigualable habilidad para detectar el calor y las corrientes de aire que le permiten surcar el espacio, solo extendiendo sus alas y planear.

El gallinazo, si está en el suelo o en algún árbol, inicia el vuelo con más o menos seis aleteos, hasta torpes si se quiere y encuentra de una vez la corriente de aire que lo hace elevarse y a partir de allí solo se dedica a planear, como un parapente.

Para los meses de julio-agosto es la época de apareamiento para ellos y en las mañanas y luego en las tardes desarrollan su conocido  vuelo nupcial y se puede apreciar en el cielo las caprichosas figuras que forman cientos de gallinazos que vuelan en círculos, semejando a veces tornillos o grandes tornados, pero solo planeando; ni un aleteo.

Este espectáculo es utilizado por los observadores de aves para admirar tan singular cortejo.

Este evento es aprovechado por algunas aves migratorias que coinciden aquí en su largo viaje hacia el sur y vamos a encontrar a los halcones peregrinos que utilizan las mañanas para aprovechar en las carreteras y caminos, los cadáveres de animales que atropellan los conductores y luego acompañan a los gallinazos en su ritual amoroso.

El cerro Ancón es un sitio ideal para observar este magnífico espectáculo que nos regala la naturaleza.

Bueno, como dije anteriormente, yo admiro mucho estas aves por su majestuoso vuelo, pero en esta ocasión el que quería volar era yo y esperaba tener más suerte que Icaro (personaje de la mitología griega).  Fue así como el viernes en la tarde salimos para Medellín y el sábado temprano estábamos rumbo hacia San Félix para realizar mi hazaña.

El lugar a 2400 m.s.n.m. presentaba un paisaje fabuloso y el cielo no podía ser más espectacular.  Una bóveda con un azul límpido, adornado con unas nubes que parecían motas de algodón, tan blancas y pomposas que eliminaban cualquier presagio de lluvias.

Después de llenar todos los formularios y papeles requeridos, me colocaron un arnés y casco protector y allá vamos; nos elevamos como dos metros y caímos, no digo que aparatosamente, pero parecido.

El segundo intento fue decisivo y en menos de tres minutos estaba surcando los cielos y admirando todo el asombroso escenario que se abría ante mí.

La sensación de libertad que se experimenta, es lo que más me impactó.  En realidad, sentí como que me soltaron muchas ataduras y que me liberaba de toda una agobiante realidad de “allá abajo” mientras que ante mis ojos podía admirar en su totalidad no solo la ciudad de Medellín, sino todo el Valle de Aburra y algo más allá, además de toda la majestuosidad de la naturaleza, sus cascadas, colinas, bosques y lo asombroso de la floresta y especímenes que como el guarumo de esa zona con su follaje plateado, que brilla y resalta en la espesura del bosque.

Para asombro mío, estábamos tan alto, que muchos metros por debajo pude admirar a varios gallinazos que planeaban junto a otros parapentes que también volaban en esos momentos.  No pude menos que sentir “orgullo de burro” al verme volar por encima del ave que yo siempre he admirado por su vuelo.

Y así, con el fresco aire acariciándome la cara y yo casi tocando las nubes, transcurrieron los minutos y esa mi gran fantasía llegó a su fin y aterrizamos sin dificultad alguna, pero, casi de inmediato a confrontar la cruda realidad de las noticias del día: Siria sin horizonte de paz, Alemania peleándose por los funerales de Helmut Kohl, Panamá batiéndose entre Martinelli y Odebrecht, Colombia con un proceso de paz a paso de vía crucis y con la noticia de un naufragio, que en esos precisos instantes ocurría y las redes lo transmitían como si fuera un evento folclórico.  En fin, el pan nuestro de cada día.

De camino al hotel, todavía con la emoción de la experiencia vivida, me puse a comparar la situación de Icaro con la propia. Y concluía que: Icaro era demasiado joven y pretendió llegar hasta Zeus, se pegó con cera todo un vestido de plumas y voló, pero a medida que volaba y subía, no tomo en cuenta que el sol le calentaba más y la cera se derretía.  En consecuencia, las plumas se despegaron y el joven cayó a tierra estrepitosamente.

En mi caso, yo era demasiado viejo y no tomé en cuenta que para alzar el vuelo había que tomar un fuerte impulso corriendo, en condiciones de que las rodillas ya no responden al deseo de la persona y aunque el instructor no me lo dijo, yo se que no ayudé mucho en el despegue, ya que en el segundo intento me ayudó un mozalbete que casi me llevaba a rastras, pero despegamos y subimos sin ningún problema.

Concluyendo, cumplí mi meta de los 70 y si mis rodillas me lo permitieran, volvería a repetirla.  Si el hado me permite arribar a los 80, ya se me ocurrirá algo, quizás viajar a las profundidades del océano, por qué no?