¿Tu tranquilidad y tu salud dependen de tu jefe?

Tener un seguro médico colectivo como beneficio laboral es excelente. Te brinda respaldo y tranquilidad en el día a día. Pero, ¿qué pasa si depender **exclusivamente** de él es un riesgo oculto?
Muchos profesionales cometen el error de no contratar una póliza privada hasta que es demasiado tarde. Aquí te comparto 3 razones clave por las que tu seguro del trabajo no debería ser tu única opción:
El seguro es prestado, no tuyo: Si decides cambiar de empleo, quieres emprender tu propio negocio o, lamentablemente, hay un recorte de personal, tu cobertura desaparece el mismo día que sales por la puerta.
La trampa de las preexistencias.  Si desarrollas una condición médica (por mínima que sea) mientras estás cubierto solo por la empresa, al querer contratar un seguro privado en el futuro, esa condición será considerada «preexistente» y probablemente no te la cubrirán. El mejor momento para asegurarte es cuando estás completamente sano.
Límites de cobertura y topes: Las pólizas corporativas están diseñadas de forma estándar y suelen tener sumas aseguradas más bajas. Un seguro personal actúa como un escudo complementario, dándote acceso a una red médica más amplia y protegiendo tu patrimonio ante emergencias mayores.
El seguro de tu empresa es un fantástico «Plan A» para el corto plazo, pero tu salud integral necesita un «Plan B» que siempre esté bajo tu control, sin importar quién firme tu cheque de pago.
¿Y tú? ¿Confías al 100% en el seguro de tu empresa o ya tomaste el control con una póliza privada? ¡Te leo en los comentarios! 👇

Esta Casa no es la misma

 

Para nadie es un misterio que yo soy de Cabuya de Chame y allí se encuentra la casa donde crecimos mis hermanas y yo hasta que nos vinimos para la ciudad a estudiar y posteriormente para trabajar. Aunque ya vivía en la ciudad, siempre me mantuve ligado a mi casa hasta que murieron mis padres. A partir de allí todos los habitantes continuaron sus actividades personales y cada vez se tornaba más difícil la permanencia en la casa de Cabuya. Aunque yo me impuse la obligación de estar allá semanalmente, las visitas también fueron disminuyendo, hasta que hace algunos meses ya voy muy pocas veces.

 

La semana pasada se me ocurrió pasar la noche allá y regresar a la ciudad y realmente no pude quedarme. ¿Por qué?… me respondí en silencio. Esta casa ya no es la misma.  Solo tuve que entrar y el silencio me abrió la puerta, casi se podía tocar y te envuelve y pesa como un gran globo de agua, que a partir de entones debes cargar. Los diferentes cuartos con todas las camas cubiertas con sábanas parecían cadáveres almacenados en una morgue.

 

No, esta casa no es la misma. Las esquinas, cubiertas por un gris velo de telarañas, se empiezan a desmoronar como arena entre los dedos.   El sol y la luna, que antaño se colaban al cuarto para tomar un descanso en su redonda y milenaria correría, hoy se lo impide una gruesa cortina.” no, esta casa no es la misma.”

 

En la oscura y silenciosa sala, se mantiene una mesita, sosteniendo una torre de libros que, cubiertos de polvo, aguardan una última morada donde acabar sus días y que con suerte sea una biblioteca rural donde el ojearlo cada día es casi improbable.

Me di la vuelta para dirigirme hacia la puerta y pasé frente al espejo, ese que otrora reflejaba la coquetería y la gracia de propios y extraños, hoy me devolvió la imagen de un rostro con los surcos del tiempo bien marcados, unos ojos vidriosos que se niegan a tomar un descanso y una frente más amplia mostrando una galopante alopecia.

 

Ese rostro era el mío y recordé con nostalgia los versos de Sor Juana Inés de La Cruz:

«Este que ves, engaño colorido, que del arte ostentando los primores,

son falsos silogismos de colores, es cauteloso engaño del sentido».

 

Esta casa no es la misma, pero yo tampoco lo soy.  Me fui caminando hacia la salida, cerré la puerta y me fui como llegué, en silencio; sin el ladrido de un perro amigo que me recibiera y que ahora me despidiera; no solo la casa, tampoco yo era el mismo y ambos nos vamos esfumando como dice el tango «Casas Viejas“, como las sombras se alejan y esfuman ante la luz», porque ya no somos los mismos.

 

Post Data:

  Al concluir este escrito, se lo di a mi hermana para que lo revisara y me lo regreso con un pequeño escrito de Gustavo Adolfo Becker que comparto con Uds.

“Algún día la casa de tus padres dejará de ser la casa de tus padres. La casa seguirá en pie, pero ya no será un hogar, será un recuerdo congelado, un eco de lo que alguna vez fuiste.

Algún día la casa de tus padres ya no olerá a domingo ni a comida familiar, ni a la calma después de un día largo…  ese día entenderás que la casa nunca fue la casa, siempre fueron ellos,”

 

 Ing. Blas Morán