Un Niño, un Pez, un Destino

El viejo José se dirigió con paso lento hacia su compañera y le dijo:
—Mira, José Antonio me acaba de llamar para decirme que al niño se le ha complicado el asma. Además de un montón de medicamentos, el doctor le ha dicho que es probable que esta enfermedad esté relacionada con su desarrollo y que sería saludable que pasara un tiempo en un ambiente más sano, como el campo y la cercanía al mar. Por eso nos lo van a enviar por una temporada, con la esperanza de que mejore.
José era un viejo pescador curtido por el sol y el agua marina. Había establecido su casa en la desembocadura de un río, aprovechando la abundancia de peces, entre ellos los salmones, que él vendía a muy buen precio. Con su trabajo había podido criar a sus hijos y darles educación; ya todos eran profesionales y vivían en la ciudad. José nunca quiso salir de su terruño, por más que insistieran.
—¡Aquí moriré! —decía José—. Este es mi destino y de él no me apartaré.
A los pocos días llegó el nieto. José se alegró mucho: su nieto, vivaracho y parlanchín, ahora estaba silencioso y apenas caminaba, pues se agitaba con mucha facilidad.
La abuela, muy preocupada, recibió todas las medicinas que le mandó el médico, pero además ya tenía preparadas varias pócimas caseras hechas con hierbas, aceite de pescado y otras cosas que en otros tiempos había dado a sus hijos.
Los días transcurrían tranquilos y el niño, poco a poco, fue recuperando el ánimo y las ganas de salir con su abuelo a ese mundo mágico que él decía que estaba entre el río y la playa.
José, por su parte, disfrutaba cada mañana al ver a su nieto mojarse los pies entre las espumas de las olas o arrojar piedritas al charco del río, mientras él, sentado en una piedra, aspiraba su pipa. El niño disfrutaba tanto de los paseos mañaneros, sobre todo porque eran la oportunidad de estar solo con su abuelo y preguntarle cosas que a otra persona no podía.
—Abuelo, ¿tú puedes hablar con el mar? —le preguntó un día.
José se acomodó en su piedra y, sosteniendo la pipa, le respondió:
—Mira, tú eres parte de todo lo que te rodea, y ellos son parte de ti. Así como con tu mente puedes pedirle a alguno que se mueva cuando lo necesitas, lo mismo hago yo con el mar.
—Desde que tenía tu edad, el mar me ha dado alimento, me refresca o me calienta y me acompaña cuando estoy solo. Por eso lo quiero, y si lo quiero de verdad, él también me quiere. Podemos hablar, contarnos nuestras cosas y compartir nuestras historias. Lo mismo hace el río y los árboles. Prueba, y verás que es cierto.
Los días transcurrían lentamente, como el murmullo constante del río. Las medicinas y los remedios de la abuela iban obrando su milagro, y el niño, poco a poco, recuperaba fuerzas. Sin embargo, cada mañana mantenía su ritual: sentarse en la orilla, contemplar el desfile de peces y dejarse hipnotizar por el vaivén cristalino de las aguas.
Una mañana soleada, el aire fresco acariciaba las hojas y el río parecía cantar. Ariel fijó su mirada en un pececillo inquieto que nadaba y saltaba cerca de la orilla. Su curiosidad se transformó en asombro cuando escuchó una voz diminuta que le dijo:
—¡Hola!
El niño respondió apresurado:
—Hola.
Y pensó con el corazón palpitante: El abuelo tenía razón… puedo conversar con los peces.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Ariel.
—Me llamo Salmón, como todos mis hermanos. ¿Y tú?
—Yo soy Ariel. Nosotros tenemos cada uno nuestro nombre, para no confundirnos.
—¿Por qué estás solo y no con tus hermanos? —insistió el niño.
—Prefiero andar solo —contestó el pez—. Allá todos pelean por las flores que caen de un árbol cercano. Yo, en cambio, busco otras cosas aquí.
—Si son florecitas amarillas, conozco un árbol que también está florido. Sus flores no caen al río; yo podría traerte muchas.
—Gracias, me gustan mucho. Me alimentan bien antes de marcharme a cumplir mi destino en el mar.
El niño lo miró con fascinación.
—Me gusta hablar contigo porque hablas igual que mi abuelo. ¡Cómo sabes tanto, siendo tan pequeño!
El pez sonrió con sus ojos brillantes.
—Nosotros no somos como ustedes. Desde que nacemos ya sabemos qué debemos hacer, qué comer y en qué rincón del mar pasaremos nuestros días. Incluso sabemos dónde debemos ir al final de nuestra vida. En pocas palabras, nacemos con nuestro destino escrito en las aguas.
Ariel guardó silencio, pensativo.
—Mi abuelo me dice que, a lo largo de su vida, fue labrando un destino, y que lo mismo me tocará hacer a mí.
—Así es —respondió el pez—. Ustedes deben aprender, estudiar y descubrir lo que los rodea y lo que está más allá. Con ese conocimiento van tallando su destino, como un escultor que da forma a la piedra. Tu abuelo es un hombre sabio, y te está enseñando a escuchar la voz del mundo.
Los días transcurrían tranquilos, y cada mañana se repetía el ritual: Ariel y su amigo el Salmón conversaban a la orilla del río, como si el tiempo se detuviera para ellos. Pero una mañana, Ariel llegó con el semblante conmovido. El pececillo apareció y le preguntó con voz cristalina:
—Hola, Ariel, ¿qué te ocurre? Te noto preocupado.
El niño suspiró.
—Es que mi padre viene en camino para buscarme, y yo no quiero irme. Aquí me siento bien, acompañado… y además estoy mejorando de la enfermedad que tenía.
El Salmón bajó la mirada y respondió con serenidad:
—Yo también debo darte una noticia. Esta semana cambia la estación y, junto a mis hermanos, ha llegado la hora de partir. Hemos crecido lo suficiente para enfrentar otra etapa de nuestras vidas mar afuera. Es parte de nuestro destino, así como el tuyo es completar tu formación y aprender más para construir el tuyo.
El pez hizo una pausa y añadió:
—Conversa con tu abuelo, él te lo explicará mejor. Mi destino termina en el mismo lugar donde empezó, así que podremos vernos nuevamente.
Ariel, entristecido, preguntó:
—¿Cuándo regresarás? ¿Cómo te reconoceré si ya serás un pez muy grande?
El Salmón sonrió y dijo:
—Yo te reconoceré. Pero espera un momento.
Se alejó velozmente y se internó entre la ramazón de un árbol caído en la orilla. Allí restregó su torso contra una espina, abriéndose una herida que comenzó a sangrar. Regresó junto a Ariel, que exclamó alarmado:
—¡Qué te ocurrió, estás herido!
—Sí, pero sanaré. No te preocupes. Me quedará una marca junto a mis aletas, y así sabrás que soy yo. Ahora debo irme. La marea sube y el río se ha vuelto pequeño para nosotros. Tú también partirás algún día, para seguir educándote.
En ese instante, la corriente arrastró un cardumen de pececillos que se perdían en una ola que avanzaba hacia el mar. Ariel, sentado en silencio sobre su piedra preferida, miró el horizonte hasta que el ruido de un automóvil lo interrumpió:
—¡Es hora de partir!
El tiempo siguió su curso. Pasaron los días y los meses, y Ariel continuó sus estudios, aunque nunca dejó de pensar en su amigo y en aquella temporada mágica junto a su abuelo.
Una tarde de primavera recibió la noticia de que el abuelo lo esperaba en la playa, insistiendo en que fuera precisamente esa estación. Sin demora, Ariel preparó su equipaje y emprendió el viaje, con la recomendación de alimentarse bien para fortalecerse antes del exigente período escolar que se avecinaba.
Llegar a la casa de los abuelos fue como regresar a un refugio de energía. Apenas bajó del vehículo, sintió que la vitalidad volvía a él. Los abuelos lo recibieron con alegría.
—¡Qué grande y guapo te has puesto! —exclamó la abuela—. Aunque estás muy delgado, algo haremos para que engordes.
Esa noche, Ariel se fue a la cama deseando que amaneciera pronto para volver al río. Mientras tanto, los abuelos conversaban en voz baja en el portal.
—Qué guapo está Ariel —dijo la abuela—. Aunque aún no se cura del todo de su asma, es un buen estudiante.
—Sí —respondió el abuelo—. Yo estoy llegando al final del camino y necesitaba verlo.
A la mañana siguiente, tras un suculento desayuno, Ariel emprendió su paseo hasta la roca junto al río. Apenas habían pasado unos minutos cuando un gran pez saltó frente a él, provocándole un sobresalto. La alegría lo invadió al escuchar la voz:
—Hola, ¿cómo estás? ¿Sabes quién soy? Mira mi torso.
Ariel vio la cicatriz junto a las aletas y exclamó:
—¡Eres tú! Qué alegría, qué grande y fuerte estás.
—Te lo dije: siempre volvemos al lugar donde empezamos. Ese es mi destino. Tú también has crecido y aprendido mucho, aunque aún te falta camino por recorrer.
Durante varios días, los dos amigos compartieron historias de lo vivido en su ausencia. Pero el Salmón comenzó a mostrar señales de cansancio: ya no saltaba como antes ni nadaba con la misma fuerza.
Se acercó a la orilla y habló con solemnidad:
—Hoy quiero decirte algo muy serio. Mis fuerzas se acaban y mis días también. Esta será la última vez que nos veamos. Es la última vez que subo la corriente para cumplir mi labor. Cuando la marea me lleve de regreso, concluiré mi destino siendo alimento para otros seres que también están labrando el suyo.
Ariel lo escuchó en silencio, con el corazón apretado, comprendiendo que la vida, como el río, nunca se detiene y que cada ser cumple su ciclo en el gran tejido del destino.
Ariel miró al pez conmovido cuando este le dijo:
—Quiero que me prometas que serás tú quien se alimente con mi carne. Así formaré parte de tus músculos y tus órganos, y te acompañaré en la búsqueda de tu destino.
El niño retrocedió, horrorizado.
—Lo que me pides es macabro, y yo no lo haré —respondió.
El salmón insistió con voz serena:
—Prométemelo.
Y sin esperar respuesta, dio la vuelta y se perdió corriente arriba.
Mientras tanto, en la casa, el abuelo comentaba a su compañera:
—Pronto vendrán a buscar a Ariel. Voy a pescar para que coma algo de pescado, pues no sé si lo volveré a ver. Vieja, creo que estoy llegando al final de mi camino. Ya no puedo hacerme a la mar, ni siquiera sé si lograré pescar algo en la boca del río.
Pasaron varias horas sin éxito, hasta que finalmente atrapó un pez grande. Regresó contento y dijo:
—Mira, atrapé uno enorme, y casi parece que se enganchó solo en el anzuelo. Lo limpiaré para que lo prepares a Ariel.
Cuando llamó al niño y le mostró el pez, Ariel se acercó y, al ver la larga cicatriz en el torso, gritó con desesperación:
—¡No! ¡Has cazado a mi amigo! ¡Qué has hecho!
Se desplomó en llanto frente al asombro del abuelo. Después de mucho llorar, se calmó y le contó la última conversación que había tenido con el salmón. El abuelo lo abrazó y le dijo con ternura:
—Eres un gran chico. No a todos les ocurre algo así. Atiende lo que te suplicó: él te acompañará para el resto de tus días. Siempre sentirás una fuerza interna que te impulsará hacia adelante.
La abuela preparó la cena y se la sirvió a Ariel, que entre lágrimas fue tragando uno a uno los trozos de su amigo.
La hora de partir llegó, y Ariel se marchó con una doble tristeza: la pérdida de su amigo y el presentimiento de que no volvería a ver más a su abuelo. Sin embargo, algo lo calmaba: sabía que sus músculos tendrían la energía de un salmón y su mente guardaría la sabiduría de su abuelo.
Atrás quedaron el silencio, la inmensidad del mar y las inquietas aguas del río. Allí, muy cerca de la piedra donde Ariel solía sentarse, cientos de pececillos jugaban con las florecitas que caían de un árbol. Lo curioso era que todos los alevines tenían una cicatriz en el torso, junto a la aleta central.
El cuento nos recuerda que el destino no es solo lo que heredamos, sino lo que construimos con las fuerzas y las enseñanzas que nos transmiten quienes nos aman. La vida fluye como el río: cada ser cumple su ciclo, pero deja huellas que nos acompañan siempre.
ING. BLAS MORAN









